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Dinginjabana tuvo la noticia de las críticas que Baringgwa había lanzado contra los delfines y, un día, nadó hasta el caparazón del líder de los yakunas y le golpeó enérgicamente con el morro, desalojándole de su lugar en el arrecife de coral. Mientras Baringgwa caía dando vueltas hacia el fondo, Dinginjabana le advirtió que cesara en sus críticas o un día le arrojaría a tierra firme. A partir de ese instante todos los yakuna sintieron un gran temor ante la manifiesta amenaza contra la vida de su líder. Mientras tanto Ganadja se sumergió hasta el lecho marino de los yakuna e intentó animar a sus amigos.

-Dinginjabana dice muchas cosas que no piensa, jamás le hará daño a ninguno de vosotros, creedme.

Pero los yakuna entendían más en asuntos de celos que Ganadja y se daban perfecta cuenta que Dinginjabana poseía un temperamento que nadie, ni el mismo podía controlar. Así  pues, la siguiente vez que los injebena empezaron a molestar a los yakuna, Baringgwa gritó:

-Escapad si queréis conservar la vida pues no tengo más que llamar a Mana, el tiburón tigre, y vendrá a rescatarme.

La primera ocasión en que Baringgwa amenazó de este modo, todos los delfines olvidaron de inmediato sus juegos y se alejaron a toda prisa. Sin embargo, cuando comprobaron que el líder yakuna no había llamado al tiburón, volvieron a atormentarlo con renovada furia.

Mana, el tiburón tigre era el principal enemigo de los delfines. Estilizado, de gran tamaño y con una hilera tras otra de afilados dientes en sus mandíbulas, Mana sabia quedarse muy quieto entre el coral esperando a que algún delfín despistado se le aproximara. Entonces se lanzaba sobre él, rasgando y destrozando con sus dientes hasta que el agua se teñía de rojo con la sangre del delfín.

 

 AB 1002 Editar

 

Un día, mientras una fresca brisa rizaba la superficie de las aguas, una manada de delfines vagaba por la bahía tranquilamente. Las madres daban de mamar a sus pequeños y los machos saltaban gozosos sobre las olas. Sin embargo, los machos pronto se cansaron de este juego y Dinginjabana sugirió a sus compañeros,

-vamos a atrapar a Baringgwa; le lanzaremos al aire y volveremos a agarrarle cuando caiga de nuevo al agua.

Todos los delfines estuvieron de acuerdo en que era una idea muy divertida.

En cambio, cuando Ganadja les escuchó, protestó con todas sus fuerzas.

-No debéis atormentar a los yakuna -suplicaba. -Son muy inteligentes y no soportarán esas bromas.

Por desgracia, sus palabras tuvieron el efecto opuesto al que Ganadja pretendía. Dinginjabana cayó presa de un acceso de celos y se alejó rápidamente en busca de Baringgwa.

Cuando lo encontró lo arrancó de su anclaje en la roca y lo llevó a la superficie entre sus dientes. Cuando Ganadja comprendió que sus esfuerzos por intentar disuadir a los demás delfines de que siguieran a Dinginjabana resultaban inútiles, nadó hasta el fondo y se instaló entre los yakuna, tratando de confortarles.

Arriba, sobre las olas, un delfín tomaba a Baringgwa con el morro y lo lanzaba al aire, dejando rápidamente su lugar a otro compañero, quien repetía el proceso.

-¡Basta! -gritaba Baringgwa en vano.

–Deteneos ahora mismo. Los demás yakuna han llamado ya a los tiburones para que me defiendan. Terminad con esto antes de que sea demasiado tarde, si queréis salvar la vida.

 

 MG 3030 DELFIN COMUN.1

 

No obstante, para entonces ya habían acudido todos los delfines, jóvenes y adultos, machos y hembras, para participar en el nuevo juego de lanzar al líder de los yakuna. Estaban divirtiéndose como nunca, con los ojos vueltos hacia el cielo para contemplar a Baringgwa, quien seguía gritándoles que se detuvieran mientras rodaba, indefenso, por los aires. Y, en uno de los lanzamientos, mientras volaba a gran altura sobre las olas, Baringgwa percibió las negras sombras que aparecían a gran profundidad, debajo del grupo de delfines que jugaban con él.

-¡Huid, salvad vuestras vidas! -gritó una vez más.

-¡Los tiburones están aquí!

…CONTINUARA…

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-Fotografías realizadas dentro del proyecto www.verballenas.com-

 

 

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